El ocaso de la reina del Nilo

Cleopatra Filopátor Nea Thea o más conocida como Cleopatra VII (69 a.c.-30 a.c.), fue la última representante de la dinastía lágida o ptolemaica, de procedencia griega y la última reina de Egipto, antes de que éste pasase a constituirse como provincia romana. A pesar de poseer una vasta cultura y de ser la monarca de un país tan importante como fue Egipto, Cleopatra pasó a la historia como una auténtica femme fatale de la Antigüedad, capaz de poner a sus pies a los personajes más importantes de la época como fueron Julio César (100 a.c.- 44 a.c.) y Marco Antonio (83 a.c.-30 a.c.), ambos, generales y gobernantes de Roma, el pueblo más poderoso del mundo conocido y que ya en esa época se estaba fraguando como el Imperio Romano.

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Girolamo Masini. Cleopatra sentada en un león, 1882. Galleria d´Arte Moderna di Roma Capitale, Roma.

Su fama, que la ha precedido a lo largo de los siglos fue alimentada por artistas y literatos, que contribuyendo a la creación del mito la han plasmado en novelas, dramas, pinturas, esculturas, óperas y películas. Rebajada a Regina meretrix por parte de Octavio (63 a.c.-14 a.c.), que, para vengarse de ella por suicidarse y privarle del placer de exhibirla en Roma como un trofeo, creó toda una propaganda política de desprestigio hacia su persona, tachándola de libertina y manipuladora, una reina extranjera, que buscaba pervertir al decoroso pueblo romano. Las fuentes nos hablan de que Octavio impotente ante la jugada maestra de su adversaria egipcia, hizo desfilar en la procesión triunfal en Roma una estatua de cera con la efigie de la reina y con un áspid rodeándole el brazo.

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Giampietrino. La muerte de Cleopatra, 1524/26. Bucknell University Art Gallery, Pennsylvania.

La figura de la última reina de Egipto ha cautivado a numerosos artistas a lo largo de la Historia, pero es quizás, el momento de su muerte el más representado, sobre todo por los artistas de los siglos XVI, XVII y XIX. Siendo en el Barroco cuando se enfatiza el erotismo en la representación de su suicidio, prefiriéndose resaltar lo oriental en el siglo XIX. Al contrario de lo que dicen las fuentes sobre la manera de morir de Cleopatra portando el atuendo real, el tema es aprovechado por los artistas para mostrarla desnuda total o parcialmente, en actitud erótica, sedente o yacente y representando el momento exacto de la picadura de la serpiente, mostrándonos de ese modo la agonía en una actitud casi de éxtasis, una actitud ésta muy popular en el Barroco, mientras que en el siglo XIX se la representaba en muchas ocasiones ya muerta, en concordancia con la típica actitud laxa decimonónica y junto con los cadáveres de sus sirvientas.

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Guido Reni. La muerte de Cleopatra, h. 1639.

El suicidio de Cleopatra fue un hecho real, aunque se duda que fuera realmente por la mordedura de un áspid, ya que las fuentes no lo confirman. La reina se suicidó acompañada únicamente por dos de sus sirvientas, en el mausoleo de Alejandría y ataviada como correspondía a su rango, con el atuendo real y la corona. El áspid la mordió en un brazo y no en el pecho como muestran la mayoría de las representaciones pictóricas, sobre todo barrocas, las cuales se basan en un verso de la oda de Horacio (65 a.c.-8 a.c.) a la muerte de Cleopatra, en tiempos de Augusto:

“Con entereza coge las sierpes, y al pecho aplica las sucias bocas que la envenenan” (Horacio, Oda XXXVII, Por la muerte de Cleopatra).

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Luca Giordano. La muerte de Cleopatra, 1680. Clermont Ferrand Museo de las Artes.

Para estas representaciones se han servido la mayoría de artistas y literatos de la descripción hecha por Plutarco (45 d.c. – 120 d.c) en su famosa obra Vidas paralelas, en ella, el historiador y filósofo griego relata las vidas de personajes importantes de la Antigüedad. En la vida de Antonio se relata la muerte de la última reina de Egipto:

“Cleopatra hacía acopio de todo tipo de poderosos bebedizos mortales, y para probar cuál era el menos doloroso, los testaba en los prisioneros condenados a muerte. […] Esto lo hacía cada día y llegó a la conclusión de que tan sólo la mordedura del áspid ocasionaba un sopor que se abatía sobre el sujeto, como una ensoñación sin espasmos ni dolor, que se acompañaba de un sudor ligero y un dulce letargo de los sentidos, de la que, finalmente, era difícil despertar a las víctimas y llamarlas a la vida, como si estuvieran profundamente dormidas […] Tras haber lanzado estos lamentos y haber cubierto de flores y besado la tumba de Antonio, ordenó que prepararan el baño. Y una vez que se hubo lavado, recostada celebró un banquete deslumbrante. Y entonces vino uno del campo llevando una cesta y al preguntarle los guardias qué era lo que llevaba, tras abrirlo y apartar las hojas, mostró una cesta llena de higos. Se admiraron de la belleza y de la grandeza de estos higos, así que el hombre sonriente les invitó a tomar uno, pero ellos confiados, le ordenaron que los introdujera.

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Guido Cagnacci. La muerte de Cleopatra, h. 1659. Museo de Historia del Arte, Viena.

Después del banquete, Cleopatra tomó una tablilla, ya escrita y sellada, y mandó que se la hicieran llegar a César. Ordenó a todos que se retirarán, a excepción de las dos mujeres, y cerró las puertas. César abrió la carta, en la que pedía con lamentos y súplicas que se le permitiera ser enterrada junto con Antonio y, tras leerla, comprendió rápidamente lo que había hecho. […] Debió de ser rápido el fin de Cleopatra, pues los enviados de César, al entrar a la carrera, apartaron a los guardias que no se habían enterado de nada y abrieron las puertas, pero la encontraron ya muerta y tumbada en un triclinio dorado, adornada como una reina. De las mujeres, la llamada Ira, yacía sin vida a sus pies, y Carmión, ya desfallecida y con la cabeza vacilante, adornaba la diadema que ceñía la cabeza de su señora. Al decir uno lleno de furia: <<¿te parece esto bonito?>>; ella repuso: <<¡Pues claro que me parece bien y propio de quien es la última descendiente de una dinastía de prestigiosos reyes!>>” (Plutarco, Vidas paralelas VII: Demetrio-Antonio).

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Jean-André Rixens. La muerte de Cleopatra, 1874.Museo de los Agustinos, Toulouse.

 

 

 

FUENTE IMÁGENES (por orden de aparición).

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